martes, 29 de marzo de 2011

Simbolismo y modernidad poética (I)

1. LA CRISIS DE FIN DE SIGLO

El término MODERNISMO, especialmente en los países de habla hispana, es polémico: se suele asociar a una corriente estética heredera del Parnasianismo y Simbolismo franceses que triunfó en España e Hispanoamérica gracias al poeta nicaragüense Rubén Darío (desde Azul..., 1888 y definitivamente con Prosas profanas, 1896). La nómina de autores "modernistas" suele incluir, además del citado Darío, el primer Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado (el de las Soledades), Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Valle-Inclán (parcialmente), etc. La crítica española terminó de complicar la clasificación de la literatura finisecular con la insidiosa etiqueta de Generación del 98 (en la que se incluyen a Unamuno, Baroja, Azorín, el A. Machado de Campos de Castilla, el Valle-Inclán de los esperpentos, etc.).
Quizá sería más conveniente estudiar la literatura española de finales de siglo en consonancia con el contexto histórico-estético y el resto de manifestaciones artísticas europeas: literatura, pintura, arquitectura -pensad en Gaudí-, cartelismo -Toulouse-Lautrec-, etc.; en Alemania se habla de Jugendstil, en Francia y Bélgica de Art Nouveau, en Inglaterra de Modern Style, etc. Es decir, conviene utilizar el término Modernismo en un sentido epocal, como la manifestación artística de la época de la Modernidad.
En ese sentido ya se manifestó en la temprana fecha de 1934
Federico de Onís, que asoció el Modernismo con la crisis de fin de siglo. El citado crítico hablaba de una crisis “de las letras y el espíritu” que se reflejaba en todos los aspectos de la vida, especialmente el arte, la ciencia, la religión y la política:

El modernismo es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás aspectos de la vida entera, con todos los caracteres, por lo tanto, de un hondo cambio histórico.

Para acotar los límites cronológicos del fin de siglo, el Modernismo o la Época de la Modernidad podemos recurrir al emblemático año de 1867 (la muerte de Baudelaire) como fecha de inicio y el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914) como final de la época (aunque pervivirá el espíritu, radicalizado en algunos aspectos, con las Vanguardias del periodo de entreguerras, con la Belle Époque).
Con la mención a la Crisis de Fin de Siglo fácilmente viene a la mente el “mal du siècle” romántico (el tránsito entre el siglo XVIII y el XIX, desde la Constitución de EEUU y la Revolución Francesa, trajo consigo el paso del Antiguo Régimen a la Sociedad Burguesa Capitalista). Y es que ambas épocas tienen no pocos aspectos en común. Si la época del Realismo, una vez establecida la Burguesía en el poder y ya sentadas las bases para el progresivo desarrollo del Capitalismo, se había caracterizado por la desenfrenada Industrialización y la fe en la Ciencia (Positivismo), hacia fi
nal de siglo ya se observa un desencanto ante la cara más oscura de esta nueva época. El Capitalismo, unido a la Industrialización, no había traído la igualdad, sino más bien había intensificado los antagonismos de clase (ya puestos de manifiesto por Marx y Engels en su Manifiesto Comunista de 1848). Como ya se estudió al hablar del Naturalismo, el proletariado fue tomando conciencia de su papel y se fue radicalizando en las últimas décadas del siglo XIX. La formación y consolidación de los movimientos obreros y las doctrinas marxistas, anarquistas, socialistas y sindicalistas (y las propias luchas entre estas tendencias, como se puede ver en Aurora roja de Pío Baroja) son los fenómenos más característicos de la sociedad de finales del XIX y principios del XX.
Este desencanto ante la nueva sociedad y ante el “progreso” tiene su correlato existencial en la prolifer
ación de filosofías existencialistas, nihilistas e irracionalistas. Filósofos como Schopenhauer, Nietzsche y Kierkegaard constituyen las lecturas habituales de los intelectuales de la época (recordemos la decisiva influencia que ejercieron en algunos miembros de la Generación del 98 como Baroja, Azorín y Unamuno). Ante esta situación, no es extraño que el arte y la cultura volvieran los ojos hacia el afán liberalizador e irracionalista del Romanticismo. De nuevo los artistas, mostrando una evidente actitud antiindustrialista, sienten el impulso por la naturaleza y el paisaje. Una vez más se cumple aquello de que “los hijos se rebelan contra los padres y se sienten identificados con los ideales de los abuelos”[1]

2. SUSTENTO FILOSÓFICO: EL IRRACIONALISMO

La filosofía del fin de siglo surge del rechazo al racionalismo positivista y la reactualización de las doctrinas idealistas (y antirracionalistas) del Romanticismo. Las raíces de esta doctrina hay que buscarlas en el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), cuya obra El mundo como voluntad y representación (1819) recoge la influencia kantiana de la subjetividad que impregna la percepción de la realidad. La esencia del mundo es la Voluntad que, no sometida a las leyes racionales, es libre y puede elegir entre reafirmarse o aniquilarse ascéticamente hasta alcanzar el nirvana. En este pensador ejerció una notable influencia las religiones indostánicas. El concepto de ataraxia es una de las constantes de algunas obras modernistas: piénsese, por ejemplo, en La voluntad de Azorín o El árbol de la ciencia de Baroja.
Sören Kierkegaard (1813-1855) está emparentado con Schopenhauer, pero aquél pone el énfasis en la angustia, sentimiento inherente a todo ser humano. Distingue a su vez (en Temor y temblor) tres tipos de hombres: el estético (hedonista, artístico), el ético (basa su vida en el cumplimiento de la ley y la razón) y el religioso (se deja llevar por el absurdo y la fe; el ejemplo paradigmático es Abraham). Kierkegaard apuesta por el hombre religioso, que acepta su angustia y su destino absurdo. Estas doctrinas ejercieron una notable influencia en el existencialismo europeo de posguerra, especialmente en Albert Camus.
Los dos pensadores anteriores florecieron en plena época romántica, pero su heredero, el alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), escribió sus obras en pleno apogeo del positivismo y el arte realista. Recoge la idea de Schopenhauer de un mundo basado en la Voluntad, pero él prescinde del componente más pesimista o inactivo de su predecesor (ataraxia). Para Nietzsche, la esencia humana es la Voluntad de Poder, es decir, la voluntad por sobrevivir. Predica el concepto de Superhombre, aquél que hace prevalecer su voluntad de poder al margen de cualquier cortapisa moral (“más allá del bien y del mal”). En la
dualidad que describe en su obra El origen de la Tragedia (lo dionisíaco y lo apolíneo), apuesta por lo primero, esto es, por el hedonismo, vitalismo y arrebato creador irracional, en contraposición a la racionalidad contenida y serena del hombre apolíneo.
Dos pensadores finiseculares que ejercieron una influencia decisiva en su época (e incluso después) son Henri Bergson (1859-1941) y Sigmund Freud (1856-1939). Del primero destaca (por su reflejo en las obras modernistas) la sustitución del análisis racional por la intuición como vía de conocimiento. Freud es el creador del psicoanálisis. Sus ideas sobre el subconsciente y el mundo de los sueños (y su forma irracional de presentarse en la parte consciente del ser humano) ejercieron una notable influencia en la literatura finisecular y en la posterior, especialmente en las Vanguardias (el Surrealismo hunde sus raíces filosóficas en las teorías del psiquiatra austríaco).
Finalmente, cabe tener en cuenta la proliferación de corrientes esotéricas y místicas, que bien podíamos llamar modernismo religioso. Se trata de un fenómeno característico de la espiritualidad finisecular, relacionado con el proceso de secularización que vive la sociedad. Una vez desacralizada la religión, se sacralizan otras facetas del espíritu (como el arte), o bien surgen formas de espiritualidad o religiosidad heterodoxas: teosofía, espiritismo, esoterismo, cábala, ocultismo, alquimia, magia, etc. También llama la atención la atracción por oriente y el budismo.

3. CLAVES DE LA MODERNIDAD

Gutiérrez Girardot[2] distingue tres claves de la modernidad en el ámbito literario:

a) LA SITUACIÓN DEL ARTISTA. El nombre de “intelectual”, que se remonta al romanticismo alemán, fue c
onocido y popularizado en 1898, cuando Zola, A. France, M. Proust y otros publicaron el Manifiesto de los intelectuales para protestar contra las irregularidades del “affaire Dreyfus” (un error judicial sobre un trasfondo de espionaje y antisemitismo). A diferencia de otras épocas, el arte perdió su función más alta y fue relegado al margen; pero la marginalización del artista y su nueva conciencia de artistas en libertad, no sujetos a normas estéticas, abrió el cambio a un enriquecimiento del arte y a una relación ambigua con la sociedad burguesa que los marginaba. Como marginado de la sociedad burguesa moderna, como víctima de la racionalización de la vida, el artista había desarrollado una conciencia de sí. Sus expresiones eran el desprecio y el desafío al “vulgo” (épater le bourgeois: etimológica y literalmente, "hacer caer abierto de piernas, por algún hecho o dicho asombrosos, al burgués") . En las figuras del dandy y el bohemio se cristalizó positivamente este desprecio, irradiación, a su vez, de la existencia estética. A pesar de sus críticas a la sociedad, el fenómeno del dandysmo necesita de una sociedad moderna para existir, una sociedad secularizada.
b) SECULARIZACIÓN. Este término, popularizado por Max Weber en Economía y sociedad en 1921 no se debe entender simplificadamente como laicismo, sino como el proceso por el que la sociedad y la cultura se desprenden del dominio de las instituciones y símbolos religiosos. Este fenómeno afecta a la totalidad de la vida cultural y de las ideas, mediante el que se depura al arte, la literatura o la filosofía de contenidos religiosos. Esta depuración es en realidad el primer proceso, al que le sigue una transformación de los símbolos y contenidos religiosos en medios para expresar contenidos profanos, es decir, en una enajenación de lo sacral, que a su vez sacraliza lo profano. La “religión del arte” del idealismo alemán (Schelling), el culto al arte, el arte por el arte, la concepción del artista como sacerdote son formas de la secularización.
c) LA EXPERIEN
CIA DE LA VIDA URBANA. Con el desarrollo de las grandes ciudades se estaba produciendo un cambio psicológico en el individuo. Se había pasado de una vida en “comunidad” a una vida en “sociedad” urbana. La nueva sociedad estaba caracterizada por la preponderancia del componente intelectual, por una intensificación de la vida de los nervios (dos afecciones típicamente modernistas son la hiperestesia y la neurastenia), por la rapidez y la velocidad con la que se suceden los estímulos. La vida en el campo estaba caracterizada, en cambio, por el componente sensorial; su ritmo era más lento y daba pie a la interrelación personal con el resto de individuos. En definitiva, la sociedad finisecular está caracterizada por el paso de la comunidad a la sociedad y por su carácter intelectualista e hipersensible. A ello podríamos añadir el redescubrimiento casi nostálgico de la vida del campo.

4. TENDENCIAS Y TÉCNICAS ESTÉTICAS

Llama la atención la multiplicidad de corrientes y tendencias. Como se ha comentado, muchas de las tendencias modernistas hunden sus raíces en el Romanticismo, concretamente en su vertiente más exótica y satánica. No cabe duda que el creador más influyente de esta tendencia es Edgar Allan Poe (1808-1849)[3]. Sus relatos de misterio y terror fascinaron a los modernistas por la omnipresencia de lo macabro y sobrecogedor, así como por su cuidada elaboración formal. Por otra parte, cabe destacar la figura del compositor Richard Wagner (1813-1883), que trasciende su influencia al ámbito musical y llega también a la filosofía (reconocida es la influencia en su amigo Nietzsche) y la literatura (rica imaginería, creación de atmósferas emotivas y sugerentes, nueva sonoridad).

a) PRERRAFAELISMO Escuela de existencia efímera (1849-1851) organizada en Inglaterra en torno al pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti. Su influencia, en cambio, perduró en las generaciones posteriores. Sienten admiración por la Edad Media, pero en su vertiente más inocente y pura. El nombre del grupo proviene de la predilección por los pintores italianos primitivos, anteriores a Rafael. Admiran su espontaneidad, el trazo ingenuo y natural, la intención trascendente y religiosa de sus cuadros. Nos vienen a la mente las obras pictóricas que presentan a angelicales vírgenes de rostro ovalado y amplia frente, de rasgos delicados e infantiles, pálidas y a la vez rosadas, de pelo claro y actitud maternal. Se observa en su actitud un evidente propósito antirrealista, idealizador. En literatura esta tendencia deja su huella en D’Annunzio (El placer), Valle-Inclán (por ejemplo en la Sonata de primavera) o Rubén Darío. Más datos

b) PARNASIANISMO Movimiento nacido en Francia en el
segundo tercio del siglo XIX. (desde 1860) Surge en oposición a dos excesos románticos: la exhibición impúdica de la subjetividad del artista y la predicación social y política. El parnasianismo aspira a crear una obra de arte autosuficiente, desvinculada del contexto social y desprovista de intencionalidad política. Cultivan el llamado arte por el arte. La desvinculación de la sociedad contemporánea empuja a los creadores a volver la vista a otras culturas y otros tiempos, que se presentan idealizados (Antigüedad grecolatina, Edad Media; la India, el mundo musulmán, Japón, el trópico…). Las obras se pueblan de bacantes, faunos, objetos decorativos suntuosos (cuadros, lámparas, porcelanas…). Los principales representantes de esta tendencia en Francia son Théophile Gautier, Leconte de Lisle, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Théodore de Banville, Catulle Mendès, etc. Más datos sobre el Parnasianismo (útil para sus orígenes y características)

c) DECADENTISMO El Decadentismo nace en los cenáculos parisinos de la “Rive gauche” en
torno a 1880. Supone una exacerbación del esteticismo parnasiano, un sentimiento de ostentosa admiración por la belleza, prescindiendo de todos los presupuestos morales. Exalta lo perverso, oscuro e irracional; se descubren los placeres prohibidos, lo malsano, escandaloso y raro. Se interesa por las culturas tardías, refinadas, barroquizantes. Frente al puritanismo de la era victoriana, el sexo (voluptuosidad, perversiones…) cobra especial relevancia en estas obras. El consumo de drogas (alcohol, absenta, opio, hachís…)[4] que estimulen y abran la mente para llegar a los “paraísos artificiales” es algo habitual entre los decadentistas, así como un impulso autodestructivo y suicida. Es evidente su actitud irreverente, provocativa, a menudo estereotipada, que busca “épater le bourgeois” (etimológica y literalmente, "hacer caer abierto de piernas, por algún hecho o dicho asombrosos, al burgués"); se extendió por toda Europa y a menudo se confundió con la bohemia y el dandismo. Quizá el autor más representativo de esta actitud sea J. K. Huysmans, cuyas obras À rébours y Là bas ejercieron una notable influencia en la literatura de su tiempo. Se suele citar también a Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray, 1891), que sufrió en sus carnes la represión puritana de la sociedad victoriana. Más datos.

d) SIMBOLISMO El término Simbolismo se puede analizar desde dos puntos de vista: como técnica y como escuela poética. Como técnica consiste en el procedimiento de representación de ideas inefables mediante expresiones relacionadas con el mundo real. Esta técnica ha estado presente en todas las épocas de la literatura (recuérdese por ejemplo las alegorías o símbolos de la mística española); de hecho es una de las constantes del ser humano. La escuela Simbolista tiene un claro precedente en la filosofía mística de Swedenborg (1688-1772), que creía en la existencia de correspondencias ocultas entre las percepciones sensoriales y la vida espiritual. Además, cree que el poeta (poeta-vidente) es capaz de descifrar esos paralelismos ocultos. Es evidente la huella de estas teorías en autores como Baudelaire (cuyo poema “Les correspondences” fue reivindicado por el grupo Simbolista posterior) o Rimbaud (que lleva al máximo la irracionalidad de los símbolos en su famoso poema “Las vocales”). Con el Romanticismo se recurrió al símbolo para expresar la inefabilidad del mundo interior. Es en Alemania donde esta tendencia tendrá mayor desarrollo. En Francia destaca como precursor, en pleno Romanticismo, el poeta Gérard de Nerval. En este país, en plena época realista, surge un grupo de poetas, que nunca constituyeron un grupo o escuela unitario, que escribe de espaldas a la moda realista imperante, cargados de un halo de marginalidad y malditismo. Fueron incomprendidos, marginados y, a veces, perseguidos. Se trata de Charles Baudelaire, Stephane Mallarmé, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Estos poetas reivindicaron el uso del simbolismo, pero hay que considerarlos precursores de esta escuela, que florece años más tarde, en torno a 1885, de la mano de George Rodenbach, Émile Verhaeren, Jean Moréas, Maurice Maeterlinck, etc. No obstante, se ha producido un desplazamiento de los discípulos a los maestros o precursores en la consideración del Simbolismo. Los simbolistas son conscientes de la dificultad de expresar mediante palabras los sentimientos más inefables; ello los obliga a hacer uso de las sugerencias, los matices imprecisos. Además, rehúsan la grandilocuencia y la exhibición impúdica de los sentimientos de los poetas románticos. La simbolista es una poesía antirretórica. Finalmente cabe destacar que a menudo la correspondencia entre las ideas y las palabras es altamente irracional. La figura retórica que mejor ejemplifica estas arriesgadas asociaciones es la sinestesia. El Simbolismo es una de las corrientes que más ha influido en los modernistas españoles. Más datos.

e) IMPRESIONISMO El Impresionismo es fundamentalmente una técnica pictórica que representa las figuras incompletas, meramente sugeridas, en contraposición al detallismo realista. En el último tercio del siglo XIX constituyó un movimiento artístico (fundamentalmente pictórico) de la mano de Manet, Monet, Degas, Renoir y otros. Su técnica consiste en descomponer la realidad y recrearla con manchas de color; para captar el resultado, el espectador debe adoptar la distancia adecuada para reconstruir en su retina las composiciones en su totalidad. En literatura también se hace notar la influencia de esta técnica y escuela, pero, obviamente, la disparidad de materiales empleados confiere a las obras literarias unas características particulares. El escritor transforma una realidad subjetivizada a partir de descripciones imprecisas, difuminadas y sugerentes; se utilizan imágenes sueltas y aisladas, que el lector recompone posteriormente, como hace el contemplador de cuadros impresionistas. Esta técnica confiere a los textos agilidad: se cultiva la frase breve y la yuxtaposición, así como las oraciones nominales. Por otra parte, como venía haciendo el simbolismo, también se hace uso de la sinestesia, la yuxtaposición de elementos visuales, auditivos, olfativos, gustativos y táctiles. En nuestra literatura son representativas de esta técnica las descripciones de Azorín o Baroja, especialmente en sus primeras obras. Más datos

f) EXPRESIONISMO Como el impresionismo, el expresionismo también se puede considerar una técnica o una tendencia. Como técnica se caracteriza por presentar una realidad deformada e hiperbolizada, donde prevalece lo deforme y lo violento. Se trata de una actitud altamente subjetiva que se basa en una estética inversa, esto es, la inversión de los cánones de la belleza: se prefiere lo feo y lo deforme, los contrastes, lo anormal, lo grotesco… Como escuela surge en Alemania en el periodo de entreguerras, con un marcado componente iconoclasta. Afecta a casi todas las artes, entre ellas la pintura, la literatura y el cine. El esperpento de Valle-Inclán es el ejemplo más representativo de este tipo de técnica.

5. SÍNTESIS: PRINCIPIOS VITALES Y ESTÉTICOS DEL MODERNISMO

a) Vitalismo. Hedonismo. Epicureísmo. Cultura del placer. Relación con la secularización y las filosofías irracionalistas. Paradójicamente se busca evadirse de la realidad mediante los “paraísos artificiales”.
b) Neoespiritualismo. Como efecto del proceso de secularización se rinde culto a la belleza y surgen corrientes de religiosidad y espiritualidad heterodoxas: la religiosidad modernista.
c) Esteticismo. Culto a la Belleza. ARTE POR EL ARTE. Formalismo. Arte para minorías. Torre de marfil. Anti-utilitarismo. Gusto por lo suntuoso, el lujo, la decoración, lo exquisito.
La lírica es el género que impregna todas las producciones y contagia otros géneros (narrativa y drama). Elaboración formal. Ritmo. Figuras retóricas. Escritor como artesano (superación de la inspiración romántica). Hacer de la vida una obra de arte. El arte como forma de vida y de aprendizaje (y autocomprensión). Esmero formal. Conciencia del trabajo (metapoema y metarrelato); esmero estilístico (formalistas y destructores) Hermetismo, opacidad, lector activo. Se rompen las fronteras entre los géneros y surgen géneros nuevos
d) Fenómeno de la bohemia y el dandysmo. Decadentismo. Artista-maldito. "Paraísos artificiales"
d) Exotismo-indigenismo. Evasionismo en el espacio y el tiempo. Relación con el Romanticismo
e) Culturalismo. Intertextualidad. Fusión de las artes. Afición a la Mitología. Principios de creación: estética de la modernidad

ACTUALIZACIÓN IMPORTANTE (5-4-2011)

En la web de PAU Literatura Universal del Departament de filologia Espanyola de la UV han colgado material muy útil para preparar el tema del Simbolismo, Baudelaire y Las flores del mal. Lo podéis descargar en pdf aquí


NOTAS
[1] PEDRAZA, Felipe y RODRÍGUEZ, Milagros, Las épocas de la literatura española, Barcelona, Ariel, 1997, pág. 255.
[2] GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael: “La literatura hispanoamericana de fin de siglo”, en Luis Íñigo Madrigal (coord.): Historia de la literatura hispanoamericana. II, Madrid, Cátedra, 1987 y Modernismo, Barcelona, Montesinos, 1983.
[3] Charles Baudelaire fue uno de los primero en traducir la obra del bostoniano.
[4] La literatura “alucinada” y los ensayos sobre las drogas se suceden en esta época: desde el precursor Thomas de Quincey (Confesiones de un inglés comedor de opio), hasta Baudelaire (Los paraísos artificiales) y Téophile Gautier (La pipa de opio).

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